Meditación para no meditadores

Por Patricia Álvarez

Paso Tres: Saboreando sabores.

Continuando con el proceso de poner nuestra mente a meditar, a través de la reconquista de los sentidos, hoy nos vamos a encontrar con el sentido del sabor. Es recomendable dedicar antes unos segundos a repasar la consciencia del sentido de la vista y del oído, para lograr mejores resultados, pero no es imprescindible, podemos escoger directamente conectarnos con el gusto o sabor.

La consciencia del sabor va a llevar dos pasos dentro del proceso y la primera es una rutina similar a los sentidos anteriores: solo saborear “la nada” dentro de tu boca, solo salivar dándote cuenta o recordando que tienes ese sentido, “¿solo eso?”. Si, solo tomar consciencia de que tenés un sentido del gusto o sabor y quedarte sintiéndolo en la memoria tanto tiempo como puedas, recordando sabores de tu conocimiento, sin pensar en nada más que en eso y hacerlo sin juicios, es decir, si te vienen a la mente sabores desagradables, no los descartes ni rechaces, solo seguí sintiendo hasta que venga otro.

El segundo paso de la reconquista del sabor es seguramente, el más simple de los procesos, porque es parte de nuestra rutina diaria ingerir alimentos y bebidas, y con cierta frecuencia los tomamos como parte de una celebración que puede ser un festejo o solo degustando algo que no es parte de la rutina, sino lo que llamamos “una comida especial”.

En este caso, la tarea se trata de convertir todas nuestras rutinas alimenticias en algo especial, tantas veces como te acuerdes, al ingerir un alimento o líquido, vas a sentirte agradecido con tu sentido del gusto o sabor.

La idea es hacerlo con todos los alimentos y bebidas, pero muy especialmente con los que son más frecuentes, porque aunque parezca mentira, son los que tendemos a “olvidar” o tan solo a dejar de maravillarnos. Y, en realidad, todas las creaciones alimenticias, por más rutinarias que sean, son una delicia gracias al sentido del gusto, si no, daría igual alimentarse con pildoritas como en algunas las películas “futuristas”.

Por ejemplo, les cuento mi caso: la primera vez que comí un alfajor de maicena me gustó mucho, lo saboreé con ganas, me deleité y lo comí con lentitud, esa sensación se repitió en los próximos…¿diez?, ¿veinte?, ¿cincuenta?, no lo sé con exactitud, pero lo que si sé es que después de cierto punto, dejé de considerarlos una maravilla y se convirtieron en “un postre que me gusta”, en el mejor de los casos “que me gusta mucho”, pero ya no me parecieron una maravilla culinaria. A partir de este ejercicio, cada vez que como uno me detengo unos segundos a sentir todos sus ingredientes, a concientizar la maravilla que es, lo saboreo con lentitud y me conecto con mi sentido del gusto.

Pero eso no es todo, porque es muy fácil hacerlo con algo que me gusta mucho, el reto es hacerlo con todo lo que ingiero: detenerme a sentir todos los ingredientes o en el caso de algo tan simple como un vaso de agua, detenerme a sentir su paso por mi boca recordando mi sentido del gusto.

Como siempre decimos: cada vez que te acuerdes, por el tiempo que tengas, y sin alterar tu rutina, solo darle unos segundos a cada sentido para que vayas conectando con todos. Meditar es solo detener el pensamiento y darle espacio a la consciencia, profundizar es cuestión de práctica. Exigirte mucho solo te lleva a frustraciones y la idea es que disfrutes cada parte del proceso hasta incorporarlo a tu vida.

Paso Cuatro: Olfato, el sentido rebelde.

En nuestro cuarto paso de la “meditación para no meditadores” entramos en consciencia del olfato, al que suelo llamar “el sentido rebelde”, un poco porque su relación con el sabor es bastante cercana y otro poco porque es difícil de evadir, digamos que anda bastante “por su cuenta”, mucho más que los otros sentidos.

Digamos que es bastante más simple dejar de ver, de oír y de degustar, que de oler. Sentimos con la misma facilidad involuntaria los ricos olores que los feos y al mismo tiempo, es un sentido que usamos poco voluntariamente para el disfrute.

A diario escogemos mirar muchas cosas, también oír, saborear o tocar, pero rara vez en la rutina de la vida, decidimos oler algo y es precisamente por eso que le ponemos especial atención a su reconquista. Quizás cabe aclarar que en algunas profesiones no es así, pero en general, lo es.

En su defensa podemos decir que es sorpresivamente evocador de emociones ocultas, quizás mucho más que los otros sentidos, cuyas memorias resultan más evidentes.

Así mismo, toda vez que decidimos entrar en este proceso meditativo de reconexión con los sentidos, resulta muy simple conectarnos: solo recordar oler, detenernos segundos o minutos, según sea nuestro tiempo, varias veces al día a oler todo lo que este en nuestro ambiente familiar, laboral o en la calle.

Seguramente los aromas más frecuentes en tu vida serán el de la comida y el de los implementos de aseo corporal, y esos, normalmente, son los que escoges, pero, más allá de eso, donde quiera que estés cuando te acuerdes, sin detener la actividad que estás haciendo simplemente inspira profundo y huele lo que hay a tu alrededor, tomado consciencia lo que lo genera, sin enjuiciar en rico o feo, ni en “me gusta o no me gusta” solo oler.

Te sorprenderá darte cuenta cuantos olores se te van escapando en la rutina, y lo simpático e irónico de la situación es que los que se te escapan son los agradables ya que un olor feo difícilmente pasa desapercibido, pero de los olores ricos, nos perdemos la mitad y a veces más.

Un ejercicio interesante y simpático es ir tomando nota mental de los olores que “descubres” en tu ambiente de rutina, olores que están ahí pero no los registras y continuar maravillándote con los regalos que te dan los sentidos a tu vida.

¡Estás muy cerca de convertirte en un Gran Meditador!